martes, 16 de agosto de 2016

La garrota

Eladio es un hombre viejo. No mayor, viejo. Pasea su cuerpo enjuto y encorvado, trastabilleando debido a una cadera harta ya de soportar tantos años. Eladio camina con el auxilio de su garrota, un palo áspero, tan viejo como él, que talló con el auxilio de una navaja. En la empuñadura, lo que intentó ser la cara de un diablo y a lo largo de la vara un montón de hendiduras, unas rectas, otras curvilíneas, a las que llama "los años de la vida". Por cada cumpleaños una nueva muesca, como el pistolero que suma venganzas.

Eladio transita por la vida a trompicones, dándose cabezazos por culpa de un carácter explosivo e imprevisible. Creció solo, casi anacoreta, excluido de una sociedad que siempre vio en él al loco del pueblo. Desde pequeño le rehuían y él también rehusó siempre el contacto con sus iguales. Nunca hubo cerca de él familiares, vecinos, amigos ni amores. Ni los quiso ni le quisieron y en ese discurrir enojoso por la vida, su temperamento extraño se tornó cada vez más huraño y difícil.

Cada año una muesca nueva, una por cada 365 días a los que sobrevivió "un año más gano yo y aquí me quedo", pensaba desde su amargura. Cada año que pasaba se vengaba de un destino con el que se sentía en disputa.

Poco a poco fue dejando de hablar y unos sonidos guturales expresaban unos pensamientos llenos de amargura. Monosílabos escupidos como una ofensa contra las gentes que ocasionalmente se le cruzaban - Hoj, Hoj- al tiempo que levantaba amenazador la garrota como defendiéndose de un ataque inexistente.

Su mente se fue cerrando, al igual que sus labios,  y unos ojos hostiles y confusos miraban enrededor, intentando comprender un mundo cada vez más incomprensible y aparentemente más hostil bajo el punto de vista de esa mente torturada. -Hoj, Hoj-

Llegó un momento en que precisó auxilio para mantenerse y sobrevivir y fue internado en una institución. Los medicamentos y los cuidados que le dispensan han logrado serenar en parte su agresividad, aunque su mirada sigue transmitiendo el miedo que probablemente ha sido la principal emoción durante toda su vida. De pequeño sufrió el maltrato de un padre severo que terminó desapareciendo y de unos vecinos que trataron de apaciguar a golpes una conducta antisocial y lo que hicieron fue instaurarla. Hasta que descubrió que con una garrota a mano su vida era más fácil; quienes le provocaban dejaron de hacerlo y poco a poco se olvidaron de él. Ese elemento se convirtió en su apoyo y su intérprete. En su defensa y su compañía.

Sigue con explosiones de mal genio y levanta el arma, amenazador, amagando con golpear a cualquiera que se cruce en su camino en los momentos de explosión -Hoj, Hoj-

Eladio es también un fumador empedernido y cada día busca el rincón más alejado del jardín y allí, después de merendar, fuma uno tras otro los 4 pitillos que le dan para todo el día. Bajo los pinos centenarios del jardín, alejado del resto de residentes, fuma sentado en un banco de madera; fuma con ansia, aferrado a los cigarros y a su garrota. Nadie se acerca a él, le temen, y él les teme a su vez. Pero a mí Eladio no me da ningún miedo, y a veces me acerco a él y le digo "echa usted más humo que una locomotora". Me pide con sus gestos un cigarrillo y se lo doy. Me siento en un banco próximo y me fumo otro. Me mira con sus ojos saltones y le sonrío. No me devuelve la sonrisa, pero curiosamente a mí jamás me ha levantado la garrota y eso ya es bastante. Me levanto y me alejo y oigo tras de mí su "Hoj, hoj", que a mí en realidad me parece un "hola, hola" que se hubiera roto con el paso de los años.



miércoles, 3 de agosto de 2016

LA TRAVESÍA

Liberó a Bolinaga. No aprovechó su mayoría para reformar la Constitución en lo referente a la sucesión a la Corona, o para proclamar una República, para cambiar la ley electoral, el diseño territorial, eliminar Diputaciones y Senado. No derogó la ley del aborto. Ha dado alas al nazionalismo al permitir el butifarrendum y al no cortarles el grifo del dinero. Se reúne con el terrible Junqueras. No envía los tanques a tomar la Generalitat o a la Legión a desfilar por las Ramblas. No ha hecho un congreso abierto ni unas primarias y tampoco escucha a los jóvenes pijos de su partido que le piden #quítatetúpaponermeyo.

No recuerdo en la historia de nuestra democracia tal cúmulo de exigencias a ningún gobierno, teniendo en cuenta además, que hemos atravesado los momentos más críticos de los últimos tiempos. Y además es culpable de la corrupción de su partido, y por extensión de la corrupción ajena. Y es poco agraciado, mayor y soso, para qué nos vamos a a engañar.

A muchos conciudadanos poco parecen valerles los méritos de haber mantenido el buque a salvo cuando se avecinaba un naufragio inminente, de haber frenado la destrucción de empleo, de haber iniciado la recuperación, de mantener la confianza en nuestro país por parte de quienes nos sostienen económicamente. Poco parece importar también que a pesar de las amenazas de los secesionistas, ahí están con sus cacareos, sin atreverse a cumplir sus amenazas.

Mariano Rajoy ha gobernado estos años con todo en contra, con críticas externas e internas y ha sido capaz de mantener a flote un navío escorado cuyo casco sufre las embestidas de una crisis voraz, de las amenazas de los feroces podemitas que amagan con tomar el navío al asalto, de las críticas internas - tan perversas como los anteriores -, y de una sociedad que parece dispuesta a seguir bailando mientras el buque se escora y finalmente naufraga.

Algunos, sin embargo (no carentes también de reproches que realizar), seguiremos animando al capitán para que con nuestro aliento sea capaz de aplacar al enemigo y conducirnos a un puerto seguro. Somos muchos pero insuficientes, lo sabemos, pero no perdemos la confianza en que alguno de los traidores que se agazapa entre los toneles de estribor dispuesto a amotinarse, decida finalmente ponerse al lado del capitán y ayudarle a sostener la pesada carga del timón.

Esta travesía está resultando dura, larga y agotadora. Es una pugna inacabable contra elementos externos e internos, demasiado dura para un solo hombre. Si no impera la cordura, la honestidad y el valor, terminaremos convertidos en alimento para tiburones.



sábado, 30 de julio de 2016

Pedacitos de placer

Noventa años tenían ambos cuando Juan tuvo que vivir el trance de internar a Basilia en un residencia. Llevaban setenta años juntos, y habían labrado un camino común del que jamás se separaron. Nadie más cupo en el trayecto, ni hijos ni otros familiares. Caminaron juntos y solos desde el primer día y cuando Juan supo que ya no podía sostenerla como quisiera, le buscó un lugar en el que pudieran hacerlo.

Juan era un hombre alto, delgado, de piel oscura y pelo cano. Extremadamente educado y ello, unido a las buenas ropas que lucía, le prestaba un aire de galán de los años 50. Qué pocos galanes se ven ya por la vida.

Aunque ya no vivían juntos, acudía a diario a visitar y cuidar de su esposa. Ella apenas le reconocía, pero exhibía una gran sonrisa cuando él sacaba de su bolsillo una bolsa con las gominolas que a ella tanto le gustaron siempre. Por miedo a que Basilia se atragantara, él mordisqueaba previamente cada una de ellas antes de depositarlas en su boca.
- De limón - decía él y se la ofrecía.
- De limón - contestaba ella y sonreía al recibirla en la boca.
- De fresa - volvía a mostrarle él.
- De fresa - repetía ella, y sonreía al masticarla.
Al terminar las cinco gominolas, que eran el premio ansiado por esa niña septuagenaria, Juan tomaba la jeringa e introducía 200 cc de agua por la sonda naso gástrica que permitía a Basilia nutrirse e hidratarse sin peligro. Hace tiempo que el médico de la residencia dijo a Juan que no siguiera dando gominolas a Basilia, pero él no quería dejar de ofrecer a su esposa aquellos momentos de felicidad, mientras ella fuera capaz de masticar los pequeños trocitos de placer. El único placer que la vida les permitía ya compartir.

Basilia falleció hace unos días. Juan lo hizo meses atrás, al poco tiempo de ingresarla a ella. A Basilia se le iba la cabeza poco a poco, pero a él se le fue la propia vida por las grietas de un corazón roto. Desde que él faltó, ella cayó en picado. Quizás aquellas gominolas hacían más por ella que los propios medicamentos. Aquellas gominolas compartidas con tanto amor. Con tanto mimo.